Dicen que la grandeza de un hombre se mide por la talla de sus enemigos. Y aunque la inmaculada y extensa hoja de servicios de Blas de Lezo está plagada de formidables adversarios, qué duda cabe que la gesta principal por la que su nombre está inscrito con letras de oro en la historia de la Armada Española es la heroica defensa de Cartagena de Indias. Por lo tanto, para referirnos a su némesis, debemos fijarnos en el almirante inglés que comandó la flota enemiga en aquella legendaria batalla. En efecto, nos referimos a Edward Vernon.

Nacido en el año 1684 en el seno de una familia de la alta burguesía londinense, su padre llegó a ostentar nada menos que el cargo de Secretario de Estado durante el reinado de Guillermo III. La infancia y primera etapa de formación de Vernon transcurren plácidamente en su Westminster natal, hasta que a la edad de dieciséis años decide enrolarse voluntario en la Royal Navy. Su ilustre apellido le otorga el privilegio de ingresar con lo que en aquel momento se denominaba King’s Letter Boy, un documento emitido por el mismo monarca que aseguraba a su portador una promoción a oficial. Esto explica en parte la meteórica ascensión del joven Vernon ya que solo dos años después de su ingreso es ascendido a teniente. Ya con ese rango tendrá su bautismo de fuego en la Guerra de Sucesión Española como miembro de la tripulación del buque insignia HMS Barfleur, participando en la toma de Gibraltar y en la batalla naval de Vélez Málaga. Los caprichos del destino quisieron que precisamente en esa misma batalla, aunque en el bando contrario, un joven guardia marina de la Armada franco-española llamado Blas de Lezo perdiese una pierna a la edad de quince años y comenzara a forjar su leyenda. 

En lo que a Vernon se refiere, las sucesivas campañas de la Guerra de Sucesión le ofrecen la oportunidad de seguir subiendo escalafones en la jerarquía militar hasta el punto de que poco después de su participación en la toma de Barcelona por parte de la coalición entre Gran Bretaña, Austria y Países Bajos, alcanza el rango de capitán al mando del HMS Rye, a bordo del cuál desempeñará desiguales lances a lo largo de los siguientes años, como el sitio de Tolon, en 1707- donde también volvería a batirse contra un Blas de Lezo que ya iba camino de convertirse en teniente de navío- o esquivando por poco el desastre ese mismo año al salir indemne de la catástrofe naval de las Sorlingas, donde los británicos perdieron en torno a 1500 hombres. El conflicto continuará hasta 1714 pero él vuelve a tierras inglesas en 1712. A pesar de que el desenlace de la Guerra de Sucesión no es el mejor para los intereses británicos, a Vernon le ha supuesto un gran prestigio en la Armada, hasta el punto de que, tras estar destinado durante varios años en el Mar Báltico, es nombrado comodoro de la Royal Navy en 1720. Tras la toma de posesión de su flamante cargo, parte a Jamaica a bordo del HSM Mary comandando una pequeña flota, aunque no será por mucho tiempo, ya que al año siguiente es elegido como miembro del Parlamento Británico por lo que tiene que volver a Inglaterra. Pero durante su viaje de regreso a casa le esperaba una desagradable sorpresa: aún en aguas caribeñas, Vernon tiene un encontronazo con el navío Catalán, comandado por don Antonio Serrano. El combate deja en muy malas condiciones al HSM Mary, que sufrirá una penosa singladura hasta conseguir arribar a puerto británico.

En su nueva etapa como político, Vernon se alinea con el bando conservador, siendo uno de los parlamentarios más críticos con el primer ministro Walpole. Durante estos años, en los que alterna el parlamento con el servicio en distintos destinos para la Royal Navy, se muestra especialmente beligerante en todo lo tocante a España y es ferviente partidario de una guerra abierta con el imperio donde no se ponía el sol. Es en esta época cuando contrae matrimonio con Sarah Best, con la que tendrá tres hijos. Poco después, en 1734, Vernon pierde su escaño y decide retirarse a sus propiedades en Suffolk. Tras 5 años de ostracismo, se desarrollan los diversos acontecimientos que van a culminar en el comienzo de la Guerra de la Oreja de Jenkins. Tanto su probada experiencia en combate como su animadversión contra los españoles son aspectos decisivos a la hora de su nombramiento como Vice Almirante de la Royal Navy.

Ese mismo año de 1739, Vernon parte hacia el Caribe al mando de una flota de seis naves de guerra. Su objetivo: Portobelo, una plaza clave para el dominio de las rutas marítimas de la zona que se encontraba bajo dominio español. En un golpe de audacia y fortuna, consigue tomar el castillo de Todofierro, que protegía la ciudad. Cuando llegan las noticias a Inglaterra, la euforia se dispara y la imagen de Vernon alcanza su máxima popularidad. Una anécdota curiosa sobre esta campaña es que, preocupado por los episodios de indisciplina entre la tropa por el consumo de ron durante su estancia en Jamaica, ordenó que el licor fuese rebajado de forma que por cada parte de ron se mezclasen otras cuatro partes de agua. Esta nueva bebida, que se mezclaba con lima, azúcar y té fue bautizada como “grog” en honor al Vice Almirante. Y es que Vernon solía usar chaquetas y abrigos de una tela basta conocida como grogrén (derivado del frances gros grain, literalmente “grano grueso”) y por eso era conocido como Old Grog entre su tripulación. 

Cerramos este breve paréntesis para volver a la narración histórica: corría 1741 cuando, espoleado por su triunfo en Portobelo y al frente de la mayor escuadra británica reunida hasta la fecha, con 186 barcos de guerra, parte a su cita con el destino: Cartagena de Indias, la joya de la Corona Española en El Caribe, defendida por Blas de Lezo con un exiguo contingente de 6 barcos y apenas 4.000 hombres. El enfrentamiento era tan desigual que en Gran Bretaña, convencidos de la segura victoria contra los españoles, se acuñaron con antelación monedas conmemorativas: una cara con la toma de Portobelo y el reverso, una imagen de Blas de Lezo arrodillado ante un Vernon triunfante. El resultado es por todos bien conocido: la derrota más dolorosa y humillante en la historia de la Royal Navy. Tras este duro revés, Vernon, más colérico, orgulloso y obstinado que nunca, regresa a Jamaica desde donde a finales de ese mismo año rearmará su flota para esta vez lanzarse a la conquista de Santiago de Cuba. El asedio durará seis meses pero será rechazado con valentía por las tropas españolas comandadas por el gobernador don Francisco Antonio Cagigal de la Vega. Este nuevo desastre naval supondrá el canto del cisne de Vernon, ya que, poco tiempo después, se ve forzado a volver a Gran Bretaña con los descompuestos restos de su flota.

A pesar de sus sonoros fracasos a manos de los españoles, es recibido con honores a su llegada a Bristol en 1743. Y es que la propaganda de la Casa Real Británica está funcionando a pleno rendimiento, ocultando en la medida de lo posible las humillaciones sufridas y esforzándose por obviar episodios tan ignominiosos como el de las monedas. Pero esta percepción heroica de Vernon poco a poco se irá difuminando y su prestigio como militar pierde enteros hasta el punto de que en 1745 se ve forzado a abandonar para siempre el servicio en la Royal Navy. Durante esta última etapa, el viejo marino volverá a ocupar su puesto en el Parlamento, desde donde continuó sus frecuentes encontronazos con los liberales. La muerte de su esposa Sarah en 1756 supone un duro golpe anímico para él, ya que solo unos cuantos meses después, el 30 de octubre de 1757, Edward Vernon Buck fallece en soledad- ninguno de sus tres hijos le sobrevivió- en su casa de Nacton a la edad de 73 años. A modo de epílogo, cabe mencionar que Lord Francis Orwell, un sobrino suyo, mandó erigir un monumento funerario a su memoria en la Abadía de Westminster, un remedo de la gloria que, a pesar de sus infructuosos intentos, jamás llegó a alcanzar en vida. Aun así, no deja de ser una amarga ironía que Vernon tenga un lugar de honor para el recuerdo en uno de los lugares más importantes de Gran Bretaña mientras que los restos de D. Blas de Lezo, el héroe que lo derrotó en buena lid, permanezcan enterrados en un lugar desconocido. Ambos son, ciertamente, las dos caras de una misma moneda.

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