El Estrecho de Ormuz vuelve a ser, muy a su pesar, protagonista de la actualidad. Tampoco es una novedad, ya que su situación estratégica para la exportación de gas y petróleo hace que, desde mediados del siglo XX, cada cierto tiempo todos los ojos se posen en esta estrecha franja de mar.

Pero mucho antes de las eternas luchas de poder por el petróleo, Ormuz fue un reino situado en la costa del golfo pérsico cuyos orígenes árabes se remontan al siglo X. Ya en esa época era un importante foco de comercio de esclavos pero fue en la etapa de dominación persa- a partir de 1262- cuando comenzó su época dorada, como dan fe los testimonios del propio Marco Polo, que la visitó en dos ocasiones y describe la opulencia de sus calles y la frenética actividad de su puerto. No obstante, la amenaza constante de los mongoles obligó al rey Baha ud-Din Ayaz a buscar un enclave más seguro a resguardo de las frecuentes incursiones que asolaban el reino. Es por eso que en 1301 la capital se traslada, estableciéndose definitivamente en la pequeña isla de Jerum, situada en el propio estrecho. 

Este movimiento no sólo aportará más seguridad a Ormuz, sino que expandirá su poder, ya que su radio de influencia sobre las principales rutas comerciales de la época se extiende hasta el punto de controlar el flujo de mercancías, víveres, piedras preciosas, viajeros, animales y esclavos no sólo de los barcos procedentes del Golfo Pérsico, sino también de los que hacían sus singladuras desde India y África. Esta ingente prosperidad hizo aumentar la población del reino hasta alcanzar a lo largo del siglo XV la cantidad de 50.000 almas, una cifra insólita para la época. A pesar de que sus gobernantes eran persas, al ser Jerum un lugar de confluencia e intercambio comercial, sus habitantes eran de diversas procedencias y, según cuentan los cronistas de la época, las costumbres de la sociedad eran licenciosas y relajadas, lo que escandalizaba a los más puritanos. 

Mientras tanto, el vertiginoso ascenso de Ormuz no pasaba desapercibido para la corona portuguesa, cuyas posesiones en la India podrían convertir a este pequeño pero pujante reino en una pieza clave para afianzar el dominio luso en el Océano Índico. Corría el año 1507 y con el ejército persa ocupado en sus fronteras interiores con otomanos y uzbekos, el intrépido capitán mayor Alfonso de Albuquerque decide dar un golpe de mano y, tras asolar plazas estratégicas como Kuryat o Khor Fakkan a su paso, desembarca en la isla de Jerum al mando de seis navíos y quinientos soldados. El rey de Ormuz, amedrentado por la amenazante presencia de esa flota de guerra, accede a convertirse en súbdito de la Corona de Portugal y ese mismo año comienza la construcción del Fuerte de Nuestra Señora de la Victoria, que más adelante sería rebautizado como Nuestra Señora de la Concepción. No obstante, fueron muchas las vicisitudes de esta primera etapa y no será hasta 1515 cuando se consolide definitivamente el dominio portugués sobre la isla.

¿Pero por qué hablamos de un Ormuz español si fue la corona portuguesa la que conquistó la isla? Para responder a esa pregunta debemos trasladarnos hasta 1580. El rey Sebastián I de Portugal cae herido de muerte en la batalla de Alcazarquivir en Marruecos y deja el trono sin descendientes directos. Un año después, Felipe II de España es nombrado legítimo sucesor y, por primera vez en la historia, la Península Ibérica se une bajo una misma corona. Se trata del momento de máximo esplendor del Imperio en el que nunca se pone el sol. Las posesiones se extienden por todo el mundo conocido: América, Países Bajos, buena parte de Italia, Filipinas, plazas fuertes en la India, África, Oriente Medio… Y, por supuesto, entre esa innumerable cantidad de dominios, brilla con luz propia Ormuz.

En esta nueva etapa bajo la corona española, se establecerán dos misiones cristianas en Jerum: la primera de Agustinos y la segunda de Carmelitas, lo que vendrá a enriquecer aún más el crisol multicultural que es por entonces ya la isla, con presencia también de musulmanes- tanto chiíes como suníes-, judíos sefardíes procedentes de la expulsión de la Península Ibérica y hasta una notable representación de habitantes de origen hindú. Es durante esta época en la que el prestigio de Ormuz alcanza su cenit y su sola mención se convierte en todo el mundo como sinónimo de riqueza y prosperidad. El comercio fluye con generosidad entre Europa, Asia y África bajo el auspicio primero de Felipe II y más tarde de su hijo, Felipe III. 

Pero el famoso dicho de que la historia se repite volvió a hacerse realidad. El talón de aquiles de un imperio tan enorme es la dificultad de gestionar a la vez tantos territorios. Además, no es casualidad que al siglo XVII se le considere como el de los Austrias menores, reyes que delegaron con demasiada frecuencia sus obligaciones en validos que muchas veces obedecían más a intereses personales que los de la corona. La suma de estas circunstancias desembocó, como ya les pasara a los persas más de cien años antes, en un progresivo descuido de la preciada plaza de Ormuz tanto del mantenimiento de la guarnición militar como de la diplomacia en la zona. Los ingleses, siempre atentos a cualquier flaqueza del Imperio Español, aprovecharon la coyuntura para tejer una alianza con Abbás I el Grande, de la dinastía safávida. Fruto de esta alianza, comenzó en febrero de 1622 un asedio al Fuerte de Nuestra Señora de la Concepción por parte de una flotilla combinada de navíos ingleses y tropas persas que duró casi tres meses. Al final, diezmada por la escasez de víveres y la falta de abastecimiento de agua, a la guarnición no le quedó más salida que capitular. El 5 de mayo de 1622, la bandera de la Corona Española fue arriada por última vez. Ormuz, aquella isla de la que Alfonso de Albuquerque dijo que si el mundo fuera un anillo de oro, ella sería su joya, volvía a manos persas. Esta vez, de forma definitiva.

Fuentes consultadas para la realización de este artículo:
R. Loureiro; D. Couto (eds.). Revisiting Hormuz: Portuguese Interactions in the Persian Gulf Region in the Early Modern Period. Maritime Asia, 19, Wiesbaden: Fundação Calouste Gulbenkian/Harrassowitz Verlag, 2008
La isla de Ormuz, enclave geopolítico o baluarte de la multiculturalidades -Antoni Sastre Bel – FUNCI
Entre rutas y poder: el eterno valor de Ormuz – Jacqueline Hellman
Rulers of India: Albuquerque – Henry Morse Stephens (1892)

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