«Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Esta es la célebre frase que inició una guerra entre las dos grandes potencias marítimas del siglo XVIII. La pronunció en 1731 Juan León Fandiño, capitán del guardacostas español La Isabela mientras le cortaba la oreja al marino británico Robert Jenkins sobre la cubierta de su propio navío, el Rebecca, mientras surcaba las aguas del Caribe. Por lo menos, ésta es la versión que dio del incidente el propio Jenkins siete años después, cuando acudió a declarar ante la Cámara de los Comunes británica para denunciar lo que se consideró como un ultraje al honor del Jorge II y de todo el pueblo inglés.
En realidad, el Rebecca era un barco contrabandista y su capitán, un renombrado pirata, que estaba infringiendo la ley. Además, no era el único, ni mucho menos. Para explicar el porqué de la abundancia de las actividades ilegales bajo pabellón británico en el Caribe, hemos de retroceder en el tiempo hasta la firma de los Tratados de Utrech de 1713, consecuencia de la Guerra de Sucesión Española, de los que Gran Bretaña obtuvo pingües beneficios. De dichos beneficios, los cuatro más importantes fueron los siguientes:
- Soberanía de la Isla de Menorca: en la isla no volvería a ondear la bandera de España hasta 1782.
- Soberanía del Peñón de Gibraltar: ha seguido ininterrumpidamente en manos británicas desde entonces hasta la actualidad.
- Derecho de Asiento: también conocido como “asiento de negros” otorgaba a Inglaterra el derecho a traficar en las posesiones americanas de la Corona Española con una cifra máxima anual de 4.800 esclavos africanos.
- Navío de Permiso: Gran Bretaña obtuvo la autorización para enviar a comerciar a los territorios españoles de América un barco de una carga de 500 toneladas al año, cantidad que se ampliaría a 1000 toneladas en 1716.
Como era de esperar, los cuatro fueron un constante punto de fricción entre ambas potencias marítimas pero, en lo relacionado con este conflicto en particular, especialmente determinantes fueron el navío de permiso y el derecho de asiento, hasta el punto de que esta fue la razón por la que en España acabó tomando el nombre de Guerra del Asiento. Y es que estos privilegios incrementaron la codicia de la Corona Británica, a la que pronto se le quedaron cortos. Es por esta razón que así como el tráfico de esclavos procedente de África empezó a superar con creces la cuota impuesta, no sólo uno sino decenas de barcos partían cada año desde Inglaterra para comerciar con los territorios americanos, vulnerando de forma flagrante los tratados firmados.
Este tráfico ilegal de personas y mercancías no daba tregua a la Real Armada Española, que tenía que multiplicar esfuerzos para combatirlo a lo largo y ancho del Mar del Caribe mientras que a la sazón debía proteger la valiosa mercancía que transportaban los barcos de la Flota de Indias, continuamente acosados por la proliferación de piratas y corsarios británicos. Teniendo en cuenta este contexto y que la Armada tenía el derecho de visita, el cual concedía la potestad de verificar el pabellón y la carga de cualquier navío sospechoso, es lógico pensar que episodios como el que tuvo lugar a bordo del Rebecca, lejos de ser hechos aislados, debían de constituir el pan de cada día en las turbulentas aguas caribeñas durante aquellos tiempos.
¿Por qué entonces se le dio tanta relevancia? Todo apunta a que los máximos interesados en una guerra con España fueron los opositores tories al gobierno del por entonces primer ministro Sir Robert Walpole, quien veía mucho más que perder en un enfrentamiento abierto con la Armada. Aliados con el pujante sector industrial que demandaba más materias primas procedentes de América, los tories dieron máxima difusión a la representación dramatizada del incidente de la oreja de Jenkins, espoleando el fervor patriótico de la opinión pública. A pesar de que Walpole intentó llegar a un acuerdo con España, se trataba ya de un gobernante debilitado y, finalmente, tuvo que ceder a la presión de un parlamento en el que tenía enemigos hasta entre las filas de los whigs, su propio partido.
Los navíos de guerra británicos comenzaban a hacerse a la mar mientras el gobierno de Walpole exigía a España la anulación del derecho de visita. Felipe V, monarca español en esas fechas, no solo decidió ignorar esta petición sino que anuló tanto el derecho de asiento como el navío de permiso, ordenando incautar todas las naves británicas fondeadas en puertos españoles. La guerra era ya inevitable.
